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Todo listo en el Festival de Cannes

En la mañana, como cabría esperarse, los preparativos finales del Festival de Cine de Cannes han comenzado en ese punto de tensión, que es como un ritual en eventos de esta magnitud.

He ido caminando hasta la zona, colindante al mar, en la cual ocurre el Festival. En el camino me encuentro festivaleros, delatados como yo por los gafetes de identificación que penden de sus cuellos y las coloridas mochilas que nos dieran los organizadores, casi corriendo hacia el cine Lumiere. Sin saber por qué yo también “casi” corría hacia el lugar. Al llegar comprendo cuál es el motivo de la prisa: están dando por concluidos los trabajos de la alfombra roja del más importante cine del Festival. No puedo evitar el arrobamiento. También yo he caído bajo el influjo de la magia que ya vive Cannes.

Luego he ido a la impresionante sala de la Marché de las películas. Allí exhibirán varias películas dominicanas. Unas seis. He conversado con varios de nuestros productores de cine que ya están en Cannes. Algunos han hecho contactos previos con productores y realizadores internacionales. Intentarán, y no tengo dudas de que habrá  buenos logros en ese sentido, vender proyectos y guiones.

Finalmente, voy a la zona  en la cual se encuentran los cientos de pabellones de cines de los distintos países participantes. Por supuesto que busco el nuestro. Ciertamente las películas constituyen el gran relumbrón del Festival de Cannes; pero es en los pabellones de los distintos países del mundo en los cuales el Festival se vuelve super trascendente. Es ahí donde todo este muy bien organizado esfuerzo se torna vital para el cine  universal. Es ahí donde los sueños se convierte en realizaciones, es ahí donde el talento encuentra la brecha de la oportunidad, es ahí donde los países convocados hacen la mejor inversión publicitaria.

Distraído, asombrado como es habitual en un cibaeño en tierras lejanas, he equivocado el camino hacia el muy digno pabellón dominicano. He llegado al final de los pabellones y el nuestro no aparece frente a mis ojos.

Me siento turbado y preocupado. Me dirijo hacia uno de los uniformados empleados que hay a cada paso, con intención de preguntarle sobre el lugar que busco. Pero me doy cuenta que por todas partes hay casetas con mapas gigantes de cada lugar que corresponde al evento. Busco en el mapa nuestro pabellón. Es el 115. Raudo salgo para allá. Me encuentro en el camino los pabellones de países con industrias cinematográficas muy poderosas (Estados Unidos, Italia, Francia, México, Canadá y cien más). ¡Finalmente veo el nuestro! No voy a negar la emoción. Es la primera vez que asisto a este Festival. Ver nuestro pabellón de cine, que nada tiene que envidiar al de nadie, me ha sacudido. Entro. Inmediatamente veo personas procurando informaciones dentro del pabellón. Marc Mejía y dos hermosas asistentes de la DGcine, con la eficiencia que anteriores eventos les han proporcionado, diligentemente brindan las informaciones requeridas.

Qué forma más extraordinaria y oportuna de ofertar lo mejor que tenemos.

Finalmente, al caer el día, arrancó el Festival. No fue el impresionante baile de tango lo que ha llamado la atención. No. No fueron las grandes figuras del cine del planeta allí presentes quienes lo hicieron. Fue el mismo presidente del Festival, Pedro Almodóvar, con su declaración en el discurso inaugural sobre que no premiaría una película que no sea llevada a la gran pantalla. ¿Escuchaste Netflix?

Mientras esperamos la bulla que vendrá, por ahora sólo atinaré a decir… ¡Corten… se imprime!

Por: Giovanny Cruz Durán

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